Chocolate y vainilla – Carla Lazano
- Chocolate y vainilla. (Hasta para tomar helado me falta imaginación. Siempre: chocolate y vainilla.) - Gracias. (Mierda. Ahí está él y yo con este cucurucho tan grande que podría ser mi padre.)
- Hola Guillermo. (Dejá de sonreír como una idiota.)
- Hola. Siempre nos cruzamos en esta plaza...¿Qué tal la vida?
- Bien. (¿Y si le digo que paso por aquí cada día sólo para volver a encontrarlo...?) – Y vos, ¿cómo estás? (Estás tan bueno que deberías ser un gusto de helado.)
- Muy bien.
(Ahora es el momento donde digo algo inteligente.) – Lindo día, ¿no?
- Sí, decían que llovería pero ya ves... El helado, Julia, se te está derritiendo.
( Recuerda mi nombre...) – Sí, que despistada soy. (¿Cómo voy a lamerme los dedos de esta forma? Tengo la sensualidad de un reptil.)
- ¿Vives por aquí?
- Sí, pero con mi madre.( ¡¿....pero con mi madre?! Con ésto le di a entender que si pudiera lo invitaría a casa para besarlo hasta perder el sentido.)
- Yo también, pero eso no nos impide tomar un café algún día.
(Tiene la sonrisa más luminosa que he visto.) – Claro que no. (Si es que podría abrazarte y colgar de tus hombros toda la vida.)
- El viernes por la noche estaré sentado en aquel banco, junto a la fuente. Ahora tengo que irme. Nos vemos.
(Ya estoy contando los días que faltan para volver a verte.) - Basta de chocolate y vainilla - dijo Julia y tiró el helado al suelo.
El banquete - Débora Castillo
Leonardo nos voceaba como a presos en galeras.
-¡A ver tú, móntame ahí la mesa para los postres! ¡Úrsula! ¿qué me estás contando?
- Los solomillos. Ciento cuarenta.
-¡Víctor, cuéntame las lubinas, Tiene que haber ochenta! ¡Deprisa que nos coge el toro!
Los invitados entraban en la sala.
-¿Cómo van las ensaladas?
- En el carro. Listas para salir.
Afuera sonó la marcha nupcial. Los novios llegaban al restaurante.
Desde la cocina oíamos una voz soliviantada de mujer que no combinaba nada bien con la música.
-¡Me cago en tu padre, Zacarías! No me digas que esto de empezar el matrimonio con secretos no es honesto. ¿Tú crees que este es el mejor momento para contármelo?
La voz aullaba cada vez más cerca de la cocina. Las puertas se abrieron y entró la novia tirando del novio que venía dócil, con la cara tan blanca como el vestido de ella.
-Ahora te van a dar mucho por culo. Yo me voy y tú te quedas para explicar a todos lo que ha pasado. Que se enteren de que pie calzas. Por casa ni se te ocurra aparecer. ¡Adiós, capullo!
La novia salió por la puerta de atrás. El novio se quedó tieso y desbaratado.
Camareros y ayudantes de cocina estábamos serios y en posición de firmes aunque, por dentro, sonreíamos con el estómago. Era, posiblemente, uno de los peores días en la vida de aquellos dos, pero nosotros íbamos a cenar solomillo y lubina. Como dios.
Lluvia – Nuria Millet
La lluvia es un estado de ánimo. Me preguntaba cuando había empezado a preferir los inviernos y otoños. Estábamos en un comedor de bóveda de piedra antigua, y en el exterior la lluvia caía con fuerza, lavando las hojas de los árboles y alimentando el musgo que recubría las rocas. Dentro de la casa las llamas de la chimenea se agitaban crepitando en un baile incansable. Un montón de leños de madera esperaban convertirse en cenizas.
Y nosotros cenábamos al calor de la conversación. Por un momento me quedé mirando el cristal de la copa como si reflejara los veinte años que llevaba junto a Daniel. Una década era un periodo importante y significativo en cualquier vida. Dos décadas eran un periodo definitivo. Los dos habíamos enredado nuestras vidas, construyendo un oasis de cariño y complicidad. Y ahora habían pasado dos meses desde el diagnóstico. Intenté hablarle del tratamiento, de afrontar juntos lo que viniera...“Pero ¿qué me estás contando?", preguntó Daniel. Él no estaba dispuesto a tirar la toalla. “Estoy seguro de que todo irá bien. Y también estoy seguro de que el año que viene volveremos juntos a esta casa perdida en el bosque.” Y sus ojos sonrieron.
Mafalda emigra a España – Alicia Sánchez
“¿Qué hace Mafalda en España?”, seguro que te estás preguntando.
Estudié idiomas y quise trabajar en la ONU pero no aprobé las oposiciones. También fallé en mi intento de casarme con aquel morocho de ojos verdes que vivía a dos cuadras de mi casa. Susanita se operó los pechos y así, siliconada, le fue muy fácil arrebatármelo. Sí, me quedaba Felipe, pero es que resulta que Felipe era gay. Se hizo una ortodoncia y así, con unos dientes de anuncio, se fue a San Francisco. Creo que ahora es el Boris Izaguirre de allá. También estaba Miguelito. Lo último que supe de él es que andaba tirado por los bajos fondos de Buenos Aires. Quiso ser poeta pero, en su búsqueda del paraíso, se enredó con la falopa y así se ha quedado, delirado de tanto darle al verso. Ya sólo quedaba Manolito, y con Manolito me casé. El pibe valía lo suyo, y, a los 30 años, ya era el dueño de una cadena de supermercados. Pero llegó la crisis y nos arruinamos. Fue entonces cuando llegamos a España.
Yo doy clases particulares y mi marido trabaja de reponedor. Laburo diez horas al día y mi sueldo es una miseria. Me pasó el día contando los años que me quedan para jubilarme.
Y, por si fuera poco, hoy he llegado a casa rendida después de un día de perros y ¿qué me encuentro en la mesa? Un plato de sopa. ¡Puaj!
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domingo, 11 de mayo de 2008
jueves, 8 de mayo de 2008
MICRORELATOS DEL CONCURSO (III)
Al amparo de la misma mirada – Juan Carlos Ruíz
León era un Mastín de años cumplidos. Era canelo, grandullón… y tenía la mirada gravosa y callada, como todos los mastines. A la muerte de su amo de siempre, León quedó sin lindes que proteger, ni pies en los que guardar vigilias. Huérfano, vagó por caminos de hambre, y tuvo fatales encuentros con pastores trashumantes, que azuzaron a sus perros de rabia para que lo despedazaran con feroces dentelladas.
Una mañana de nómada soledad, el perro, encontró una verja abierta, y atraído por un olor a troncos de hogar, se adentró por un sendero de sombras que le condujeron hasta un caserón de labores.
José, se mecía en el vaivén de su mecedora bajo un emparrado de uvas. El perro tranqueó despacio…Se detuvo a unos pasos ante el viejo que dormitaba. Quizá intuyó en él, la continuación difusa de su antiguo amo…Se acercó un poco más…
–¿Y tú de donde sales viejo lobo?– José le extendió su mano con dulce curiosidad. –Estás flaco y desmelenado–. León, al relance de su calidez se aproximó confiado, y lo miró sin otra nobleza que su edad. Ambos se reconocieron en la misma mirada. Una mirada honesta, profunda, digna. –Ay perro… En esos ojos, parece que me estás contando los ojos de alguien–.
León, le olisqueó los pantalones de humo, y añoso, se recostó a sus pies, en la blandura del limo.
Arriba, en los álamos, los pájaros revoloteaban estúpidamente distraídos. Había paz en el aire. En el Otoño, el campo fluía sin tensión.
Un día por delante – Francesc Sisteré
Un hombre, vestido con un traje impecable, su cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, los brazos apoyados en la barra del bar, sigue inquieto los movimientos del camarero en su ritual diario, hervir el agua, unos minutos de reposo... El hombre mira su reloj, ya llego tarde, pero no puedo irme sin tomarme el té, piensa. Lo bebe a sorbos cortos, manteniendo la infusión en la boca unos segundos para no quemarse la garganta. Vacía por fin la taza y siente el calor apoderarse del interior de su cuerpo. La taza frente a él, todo un día por delante, imprevisible. Coge la taza con fuerza, las manos le tiemblan. Cierra los ojos, llena los pulmones con el aroma dulzón del ambiente y aguanta la respiración. A ver poso del té … ¿Qué me estás contando? Se acerca la taza, abre los ojos y, tras unos segundos, exhala el aire retenido, relajando toda su musculatura. Un nuevo día sin problemas.
¡Sorpresa! – Débora Castillo
Bernardo frenó y salió para cerrar el garaje. No le vio venir, de repente lo tenía al lado.
- ¿Te interesa?
Con el susto, Bernardo no entendió.
- ¿Qué dices?
- Si te interesa una de estas, digo. Regalada.
El muchacho sostenía una cámara digital pequeña como la palma de su mano.
“Nos vendría bien en el estudio. Aun teniendo dos nos quedamos cortos”. Bernardo arrugaba el morro. “Estás majara. Tu muje es policía. Como sepa que compras género robado, te mata”.
- ¿De dónde ha salido?
- ¿De dónde? Esta se acaba de caer del camión.
- Robada.
- A ver tío ¿qué me estás contando? – estaba perdiendo la paciencia - ¿Tú sabes mi nombre? Yo tampoco sé como te llamas tú. Me das el dinero, te doy la cámara y adiós.
- ¡Bernardo! – Carolina, su mujer, desde el coche - ¡Llego tarde!
- No interesa, gracias.
Corrió al coche y arrancó.
- ¿Y ese?
- Quería dinero, para comer, decía, pero le olía el aliento a vino.
Por la noche al volver a casa, Carolina ya estaba allí.
- ¡Hola guapo! Estoy en la cocina. Tienes un regalito.
Encima de la mesa del despacho estaba la cámara de aquella mañana. Carolina sonaba desde la cocina.
- Hemos detenido a un chaval que llevaba cinco encima. Con mi compañero hemos pensado que quienes éramos para desperdiciar la oportunidad. Total, una para él, una para mí y tres para comisaría. Para el estudio te vendrá bien. ¿Te gusta cielo?
Angustia – Miguel Viola
Me encontraba perdido dentro de la habitación. Intentaba apresuradamente salir de allí. La ansiedad unida a la torpeza de mis movimientos me impedía encontrar el pomo de la puerta. Fuera la algarabía, la fiesta donde las risas se entrelazaban con los chistes y el buen humor. Yo en la negritud de aquella pequeña superficie probaba con mis manos sudorosas abrirla para poder contactar con aquella gente y su excitación. Palpaba nerviosamente por las paredes. El nerviosismo me impedía hallar la llave que quien sabía donde la había puesto. Metido en la penumbra afloraban en mí los negros sentimientos desde la desorientación hasta la desesperación por salir de aquel cuarto. Mientras un ejército de espectros fantasmales en una especie de aquelarre se agolpaban sobre mis sienes intentando mi aniquilación. Intenté un grito, pero quedo ahogado entre el vocerío ensordecedor. Transcurrió mucho tiempo hasta que se difuminaron las risas y los gozos. De pronto se hizo el silencio. Mientras mi cuerpo se contorneaba entre las esquinas de aquellas paredes de corcho de fina y sutil capa, tan sutil como la capa que separa el mundo real del fantástico, cayendo en pronto supino, alzando la mirada de mis ojos vidriosos fijándome en aquella débil y tenue luz en el fondo del techo que lentamente iba desapareciendo.
León era un Mastín de años cumplidos. Era canelo, grandullón… y tenía la mirada gravosa y callada, como todos los mastines. A la muerte de su amo de siempre, León quedó sin lindes que proteger, ni pies en los que guardar vigilias. Huérfano, vagó por caminos de hambre, y tuvo fatales encuentros con pastores trashumantes, que azuzaron a sus perros de rabia para que lo despedazaran con feroces dentelladas.
Una mañana de nómada soledad, el perro, encontró una verja abierta, y atraído por un olor a troncos de hogar, se adentró por un sendero de sombras que le condujeron hasta un caserón de labores.
José, se mecía en el vaivén de su mecedora bajo un emparrado de uvas. El perro tranqueó despacio…Se detuvo a unos pasos ante el viejo que dormitaba. Quizá intuyó en él, la continuación difusa de su antiguo amo…Se acercó un poco más…
–¿Y tú de donde sales viejo lobo?– José le extendió su mano con dulce curiosidad. –Estás flaco y desmelenado–. León, al relance de su calidez se aproximó confiado, y lo miró sin otra nobleza que su edad. Ambos se reconocieron en la misma mirada. Una mirada honesta, profunda, digna. –Ay perro… En esos ojos, parece que me estás contando los ojos de alguien–.
León, le olisqueó los pantalones de humo, y añoso, se recostó a sus pies, en la blandura del limo.
Arriba, en los álamos, los pájaros revoloteaban estúpidamente distraídos. Había paz en el aire. En el Otoño, el campo fluía sin tensión.
Un día por delante – Francesc Sisteré
Un hombre, vestido con un traje impecable, su cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, los brazos apoyados en la barra del bar, sigue inquieto los movimientos del camarero en su ritual diario, hervir el agua, unos minutos de reposo... El hombre mira su reloj, ya llego tarde, pero no puedo irme sin tomarme el té, piensa. Lo bebe a sorbos cortos, manteniendo la infusión en la boca unos segundos para no quemarse la garganta. Vacía por fin la taza y siente el calor apoderarse del interior de su cuerpo. La taza frente a él, todo un día por delante, imprevisible. Coge la taza con fuerza, las manos le tiemblan. Cierra los ojos, llena los pulmones con el aroma dulzón del ambiente y aguanta la respiración. A ver poso del té … ¿Qué me estás contando? Se acerca la taza, abre los ojos y, tras unos segundos, exhala el aire retenido, relajando toda su musculatura. Un nuevo día sin problemas.
¡Sorpresa! – Débora Castillo
Bernardo frenó y salió para cerrar el garaje. No le vio venir, de repente lo tenía al lado.
- ¿Te interesa?
Con el susto, Bernardo no entendió.
- ¿Qué dices?
- Si te interesa una de estas, digo. Regalada.
El muchacho sostenía una cámara digital pequeña como la palma de su mano.
“Nos vendría bien en el estudio. Aun teniendo dos nos quedamos cortos”. Bernardo arrugaba el morro. “Estás majara. Tu muje es policía. Como sepa que compras género robado, te mata”.
- ¿De dónde ha salido?
- ¿De dónde? Esta se acaba de caer del camión.
- Robada.
- A ver tío ¿qué me estás contando? – estaba perdiendo la paciencia - ¿Tú sabes mi nombre? Yo tampoco sé como te llamas tú. Me das el dinero, te doy la cámara y adiós.
- ¡Bernardo! – Carolina, su mujer, desde el coche - ¡Llego tarde!
- No interesa, gracias.
Corrió al coche y arrancó.
- ¿Y ese?
- Quería dinero, para comer, decía, pero le olía el aliento a vino.
Por la noche al volver a casa, Carolina ya estaba allí.
- ¡Hola guapo! Estoy en la cocina. Tienes un regalito.
Encima de la mesa del despacho estaba la cámara de aquella mañana. Carolina sonaba desde la cocina.
- Hemos detenido a un chaval que llevaba cinco encima. Con mi compañero hemos pensado que quienes éramos para desperdiciar la oportunidad. Total, una para él, una para mí y tres para comisaría. Para el estudio te vendrá bien. ¿Te gusta cielo?
Angustia – Miguel Viola
Me encontraba perdido dentro de la habitación. Intentaba apresuradamente salir de allí. La ansiedad unida a la torpeza de mis movimientos me impedía encontrar el pomo de la puerta. Fuera la algarabía, la fiesta donde las risas se entrelazaban con los chistes y el buen humor. Yo en la negritud de aquella pequeña superficie probaba con mis manos sudorosas abrirla para poder contactar con aquella gente y su excitación. Palpaba nerviosamente por las paredes. El nerviosismo me impedía hallar la llave que quien sabía donde la había puesto. Metido en la penumbra afloraban en mí los negros sentimientos desde la desorientación hasta la desesperación por salir de aquel cuarto. Mientras un ejército de espectros fantasmales en una especie de aquelarre se agolpaban sobre mis sienes intentando mi aniquilación. Intenté un grito, pero quedo ahogado entre el vocerío ensordecedor. Transcurrió mucho tiempo hasta que se difuminaron las risas y los gozos. De pronto se hizo el silencio. Mientras mi cuerpo se contorneaba entre las esquinas de aquellas paredes de corcho de fina y sutil capa, tan sutil como la capa que separa el mundo real del fantástico, cayendo en pronto supino, alzando la mirada de mis ojos vidriosos fijándome en aquella débil y tenue luz en el fondo del techo que lentamente iba desapareciendo.
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